07/09/2026
Tengo 69 años y durante décadas siempre había una razón para no viajar: los niños, el trabajo, la hipoteca, mis padres mayores y un marido al que no le gustaba salir de casa. Este año me miré al espejo y pensé que, si volvía a decir «el año que viene», quizá ese viaje no llegaría nunca.
Me llamo Isabel y vivo en León. Desde joven soñaba con conocer Grecia. No sé exactamente cuándo empezó. Tal vez con una fotografía de Santorini que vi en una revista cuando trabajaba en una tienda de ropa. Aquellas casas blancas frente al mar me parecían lejísimas de mi vida.
Me casé con José a los 24 y enseguida llegaron nuestros dos hijos. Durante años no hubo dinero para grandes viajes. Las vacaciones eran unos días en Asturias, en casa de mi cuñada, o una semana en un camping cuando podíamos permitírnoslo. Yo siempre decía que Grecia quedaría para más adelante.
Después mejoraron las cosas, pero apareció la hipoteca del piso nuevo. Luego la universidad de los niños. Más tarde mis padres empezaron a necesitar ayuda. Mi madre estuvo varios años sin poder salir sola y yo iba a verla casi todas las tardes después del trabajo.
José nunca fue de viajar. Le molestaban los aeropuertos, los hoteles y comer a horas distintas. Cuando alguna vez proponía salir de España, decía que ya estaba bien en casa y que yo podía ir con una amiga si tantas ganas tenía.
Pero nunca fui.
Me parecía raro dejarlo solo. También me daba miedo gastar demasiado o que mis hijos me necesitaran justo esos días. Siempre encontraba una razón sensata para aplazarlo.
Hace tres años murió mi madre. Al año siguiente me jubilé. De repente tenía tiempo, pero seguía sin hacer planes. Me había acostumbrado tanto a atender obligaciones que, cuando desaparecieron algunas, no sabía qué hacer con ese espacio.
Una mañana de marzo estaba arreglándome para ir al mercado. Me miré en el espejo del baño y vi algo que me hizo pensar. Fue darme cuenta de que llevaba años diciendo exactamente la misma frase: «El año que viene».
Tenía 69 años. Nadie podía garantizarme cómo estaría a los 70, a los 72 o a los 75.
Ese mismo día entré en una agencia de viajes. Pedí información sobre Grecia. La chica me enseñó un viaje de nueve días por Atenas y varias islas.
José lo vio sobre la mesa y preguntó qué era. Cuando se lo expliqué, dijo que a él no le apetecía.
Por primera vez respondí:
«Ya lo sé. Estoy pensando en ir yo».
Se quedó serio.
No me prohibió nada, pero durante los días siguientes hizo comentarios. Que si viajar sola era incómodo, que si tanto avión para ver piedras antiguas, que si el dinero podía gastarse en arreglar la cocina.
Mis hijos tampoco ayudaron mucho. Mi hija Ana preguntó quién iría conmigo. Mi hijo Marcos dijo que, si esperaba un año, quizá podrían organizar algo todos juntos.
Aquello me sonó demasiado conocido.
Esperar un año. Otra vez.
Reservé el viaje.
José estuvo dos días distante. Creo que no entendía por qué de repente hacía algo sin contar con él. Yo tampoco estaba acostumbrada. Llevábamos cuarenta y cuatro años decidiendo casi todo como pareja, aunque muchas veces «decidir juntos» significara que yo acababa adaptándome a lo que él prefería.
En el aeropuerto estaba aterrada. Una mujer de Burgos que viajaba con el mismo grupo me vio mirando las pantallas y me preguntó si era mi primera vez sola. Le dije que sí. Acabamos sentadas juntas.
Grecia no fue perfecta. En Atenas llovió una tarde entera, me mareé en un ferry y una excursión empezó a las seis de la mañana. Pero también vi el Partenón al atardecer, comí pescado en una terraza junto al mar y una noche me quedé hablando con otras mujeres del grupo hasta casi la una.
Lo que más me sorprendió fue descubrir que podía resolver pequeñas cosas sin José. Buscar una puerta de embarque, preguntar una dirección, cambiar dinero, decidir dónde comer. Parecen tonterías, pero durante años había dejado que otro hiciera muchas de ellas.
Cuando regresé, José me esperaba en casa. Había comprado tortilla y una botella de vino. Miró mis fotos con más interés del que quería admitir.
Al llegar a una imagen del mar me dijo:
«Eso sí que es bonito».
No le respondí con reproches. Solo pensé en todo el tiempo que había esperado a que él quisiera lo mismo que yo.
Ahora seguimos juntos y seguimos siendo distintos. Él no quiere viajar lejos. Yo ya he reservado una escapada a Lisboa con la mujer de Burgos que conocí aquel día.
No siento que esté abandonando mi matrimonio. Siento que, después de décadas cumpliendo con todos, he dejado de pedir que otra persona autorice mis ilusiones.
A veces lo que más nos frena no es el dinero ni la edad. Es la costumbre de pensar que siempre habrá un momento mejor.
¿Habéis dejado alguna vez un sueño para «el año que viene» tantas veces que casi renunciasteis a él?
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