03/04/2026
Era un viernes por la mañana en Jerusalén, y Jesús estaba siendo juzgado por el gobernador romano, Ponticio Pilato. La multitud se había reunido en la plaza, gritando y exigiendo que Jesús fuera crucificado.
Pilato, que no encontraba culpa en Jesús, intentó liberarlo, pero la multitud se enfureció aún más. "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!", gritaban.
Finalmente, Pilato cedió a la presión y condenó a Jesús a muerte en la cruz. Los soldados se llevaron a Jesús y lo azotaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y le dieron un manto púrpura para burlarse de él.
Luego, obligaron a un hombre llamado Simón de Cirene a llevar la cruz de Jesús hasta el lugar de la ejecución, un lugar llamado Gólgota. Allí, Jesús fue clavado en la cruz, junto a dos ladrones.
Mientras Jesús colgaba en la cruz, la multitud se burlaba de él, diciendo: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz". Pero Jesús, en lugar de defenderse, oró por sus verdugos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).
Alrededor de la hora novena, Jesús gritó: "¡Deli, Dili, lama sabactani!", que significa "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46). Luego, Jesús entregó su espíritu y murió.
Un soldado romano, al ver la forma en que Jesús murió, exclamó: "Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios" (Mateo 27:54).
La tierra tembló, las rocas se partieron y el velo del templo se rasgó en dos. La muerte de Jesús fue un momento de gran dolor y oscuridad, pero también de gran esperanza y redención.
Y así, el Viernes Santo se convirtió en un día de reflexión y conmemoración para los cristianos, un recordatorio del sacrificio y amor de Jesús por la humanidad.